jueves, 24 de diciembre de 2020

La improcedencia de la candidatura de Vizcarra al Congreso

   

El que convoca a elecciones, no puede postular a un evento que ha promulgado. Eso es un imposible. El JNE debería anular la candidatura de Vizcarra al Congreso, de acuerdo a lo previsto. Y nadie se tiene que arañar por eso. La Constitución es clara, se supone que quien convoca a elecciones es el presidente, por ello no se le menciona que tiene que renunciar antes de los seis meses. Sería inimaginable que un presidente renuncie a su cargo, para postular a unas elecciones que convoca. No tiene sentido. 

Vizcarra ya había convocado a elecciones y no puede ser juez y parte. El hecho de que fue vacado, no juega a su favor. Aunque debería ser para peor. Doble impedimento. Así como Sagasti, en el hipotético caso de que asumiera la presidencia faltando dos años para que terminara el mandato iniciado por Ppk, sólo se limitaría a convocar elecciones y no a meter mano en institución del Estado alguna, ya que sólo es un encargado y no un presidente constitucionalmente electo; en el caso de Mercedes Araoz, completaría los dos años restantes, por ser parte de la plancha presidencial, y sí tiene prerrogativas de hacer las reformas que crea convenientes.

Vizcarra está impedido de postular, además por razones sancionatorias. Ha sido vacado, y el siguiente paso es la acusación constitucional para inhabilitarlo. Se supone que no está moralmente acto para personificar a la nación.  

No se menciona a la Presidencia de la República en el Artículo 91 de la Constitución, porque es la institución convocante. A buen entendedor… En el caso de la candidatura del vacado por indigno, es como si una entidad pública o privada convocara a un concurso y ella participe como concursante. Sería un despropósito lleno de vicios y poco ético y transparente.

jueves, 17 de diciembre de 2020

El que personifica a la nación


Artículo 110° de la Constitución.- El Presidente de la República es el Jefe del Estado y personifica a la Nación.

 La persona que encarna a la nación en materia política y social, es el Presidente de la República, por mandato constitucional y de las urnas. Él es el ejemplo de nuestras virtudes y nuestros valores como país, los cuales no debe deshonrar en el ejercicio de su mandato.  

El Congreso es la representación nacional. En él reside el debate político, las facultades de legislar o dictar leyes para una buena viabilidad a futuro de la nación; fiscaliza y realiza control político al gobierno de turno.

Por alguna desconocida razón, se han distorsionado conceptos y estrangulado figuras y símbolos que nos debieron llevar a tierras fértiles, hace mucho tiempo. Pareciera que desconociéramos de instituciones y de ritos ancestrales y de los valores éticos que debe poseer la patria. Incluso el significado de la palabra constitución ha sido arrancado del debate. ¿Alguien se ha preguntado lo que encierra su significado? Creo que nadie. Con el desconocimiento de las palabras constitución, nación, patria, deberes, derechos, etc., es muy difícil que un país tenga el futuro que ansía. 

Tal vez porque la república nació entre una disputa de caudillos en la esquina del bar de la Mala Muerte, es que hay resistencia a considerar a las instituciones y los valores morales como los pilares de toda sociedad. El culto al caudillaje hace que en cada elección se busque el nombre a quien considerar el adecuado para enfrentarse al otro, como si de reyertas de bandos se tratase la cosa y no de una elección entre gente civilizada.        

El Perú parece ser un desierto sin filósofos y pensadores. Ahora que vivimos en el feudo de periodistas y opinantes desprovistos de todo sentido ético y de la constitución de una nación, el origen de personificar a la república, tiene la relevancia de un objeto tirado en el muladar. La institución presidencial misma ha sido vaciada de contenido, y se cree que la presidencia es asunto de una persona, y que no hay una línea de sucesión dentro de la institución. Las virtudes que tiene que encarnar un individuo en nombre de todo un territorio poblado de habitantes y símbolos y muertos y espíritus; en nombre del pasado y del futuro y del presente del mismo territorio, han sido relativizadas, empobrecidas en los últimos tiempos, hasta quitarle su esencia. Sobre un mandatario recae el peso de una historia que debe honrar en todo sentido.        

La muerte de un país comienza cuando empresarios, autoridades, políticos, periodistas, intelectuales, religiosos, etc., aceptan convivir con alguien que ha deshonrado el encargo de personificar a la nación, negándose éstos al empleo que el sistema de depuración de la Constitución prevé, y volviendo el asunto en una cuestión de cálculos políticos, recelos, y en un recreo por la vereda de la conveniencia, y no de la salud moral de un país, sobre la que toda conciencia humana debe priorizar. Urge enderezar el camino, no se puede seguir hundiendo al país, de la manera más sórdida, prohibiéndole e impidiéndole razonar acerca de los principios básicos de una nación.