Foto: Andina
La historia correcta la cuentan los
historiadores bien enterados, podría sonar lógico tal axioma, aunque no son muy de fiar en
estos tiempos, igual que los escritores y otros amanuenses de la irrealidad impuesta, pues la mayoría
defiende una postura que consolidó el Golpe de Estado, y que apaña al gobierno
de facto que hoy padecemos. La historia bien contada la contará un Homero del presente,
entonces, un trovador de la lucidez, en épocas de pocas luces y con
conspiradores a todo tren, que incluyen a intelectuales, periódicos y
periodistas alquilados, activistas de la corrección política, artistas del arte
del ensañamiento, etc.
En esta puesta en escena para estrangular la
Constitución, se necesitó de la participación de actores y de un buen número de
extras y de constitucionalistas confundidos en el mar de confusiones al que
fueron arrojados, con sagacidad bien organizada por el Eje Perverso que hoy
domina y somete a la opinión pública, la prensa y el aparato judicial. Y en el
que a cada sacada de cabeza a la superficie, aparecían encuestas, opiniones,
audios contra opositores al gobierno, direccionados a un sólo objetivo. Se construyeron debates, duras polémicas, alrededor de la cuestión de confianza, y algunos
hasta dudaron, cuando en algún momento la tuvieron clara, de que haya dos tipos
de cuestión de confianza:
1. Cuestión de confianza a iniciativas ministeriales,
como la que hizo del Solar antes del Golpe, que no cuenta para una disolución si
se le es denegada, y que es facultativa.
2. Y el voto -o cuestión de confianza- a un nuevo
Consejo de ministros, que es el que cuenta, y que es obligatorio. Si dos Consejos
de ministros recién estrenados y sucesivos no obtienen el voto de confianza
cuando se expone y debate la política general del gobierno, el presidente está
facultado para disolver el Congreso, artículo 134° de la Constitución.
Vizcarra no tiene ninguna coartada a favor, pues se
habla de la facultad del presidente de disolver y no del gobierno ni del
mandato. Él cree ser PPK y que ya le habían tumbado un Consejo de ministros. Lo cierto es que ni a Vizcarra ni a PPK le han
tumbado gabinete alguno, en ese acto obligatorio, cuando se presenta un nuevo
gabinete ante el Congreso. El primer ministro Zavala antepuso una cuestión de
confianza a una iniciativa ministerial, que no cuenta, como he dicho, para nada
para una disolución. Podría haber puesto un millón de cuestión de confianzas y
nada tendría que ocurrir en un país con constitucionalistas que conocen su Constitución
al dedillo. Pero en un país con gente en
los medios de comunicación que siempre buscaron la indefensión del Congreso
frente al atropello del Ejecutivo, por razones que alteran el sentido común y
la imparcialidad, distorsionar la cuestión de confianza y sus dos tipos les
tendría que funcionar, y les funcionó. Reputados constitucionalistas y juristas
cayeron en el juego de la distorsión y de sus bocas sólo salían cuestiones de
confianzas de una sola característica y que sumaban para el cierre del Congreso.
Asimismo, periodistas y analistas bienintencionados, que decían defender la
democracia, cayeron en el equívoco y viciaron sus comentarios, al insistir en
la cuestión de confianza de un único orden,hasta hoy lo siguen repitiendo. Luego
apareció un tal Cairo y apuñaló definitivamente la Constitución y arrastró su
cadáver por todos los medios de prensa.
Nuestra historia quedará marcada con esta aberración
que la legitiman los revolucionarios perpetuos, la casta intelectual sin grandeza
para que su visión cruce los océanos de la sabiduría y la serenidad; sin dudarlo,
caen en el atasco de las ligerezas que traen los momentos y no en la madurez
del Tiempo.
Domingo García Belaunde se ha cansado de repetir lo
que he descrito sobre la cuestión de confianza, aunque hasta sus alumnos más aprovechados
lo han ignorado y han preferido seguir en el callejón sin salida que le ofrece
exponerse en los medios de prensa, que cuentan con un staff de juristas y
analistas expertos en enredar lo que ya estaba enredado de antemano. Todo es
cuestión de sumergirse en las páginas del diario de debates de 1993 e ir al
apartado: De las relaciones con el Poder Legislativo, para
entender que se ha caído en el error, a estas alturas, en el horror. Por supuesto
que los congresistas no supieron defender sus fueros, no supieron defenderse
frente al avasallamiento de un demoledor Ejecutivo, ya con el terreno socavado
contra el Legislativo. Se asesoraron pesimamente, y también se enfrascaron en
discusiones sin sustancia sobre la cuestión de confianza y se perdieron en la
vorágine que imponía la prensa. Lourdes Flores Nano, Luz Salgado, Popy Olivera,
Roger Cáceres Velásquez, etc., estuvieron en los debates que ayudaron a
redactar la Constitución del 93, justo en el punto De las relaciones con el
Poder Legislativo, cuyo ponente fue Torres y Torres Lara, quien machacó en que la
cuestión de confianza a iniciativas ministeriales no cuenta para una disolución
del Congreso. Insistió en que únicamente sumaban las que daban o no la
confianza a un nuevo gabinete. Lo dice el artículo 134° de la Constitución,
claramente, no hay otras formas de revocatoria del mandato parlamentario. Está
en la doctrina, en el espíritu de la Constitución. Y suena razonable, acorde,
sensato. Porque el espectáculo de un Ejecutivo dotado de excéntricas
prerrogativas, era inconstitucional y rompía todo equilibrio de poderes y la
armonía con que debe estar escrita una Carta Magna. El Tribunal Constitucional no tiene nada que
discutir al respecto. Irse por las ramas y alargar el tema, sería una traición
a la contundencia del artículo 134°. No pueden fallar contra lo que se aprobó
en el diario de debates.
Vizcarra y sus asesores utilizaron para el cierre
del Congreso la figura de la cuestión de confianza a iniciativas ministeriales,
que es inofensiva, que no produce ningún efecto contrario al Parlamento. Han
actuado como los ejecutores de algo que está detrás de ellos y que ordena y
somete y cuyos cabecillas estarían entre Vargas Llosa, algunas oenegés y
empresarios. Pueden pensar lo que quieran del Congreso, que fue bien cerrado y que
en él habitaban forajidos semi-analfabetos. No encuentro madurez en ese
razonamiento que ha dado Vargas Llosa, Vizcarra tiene más indicios de ser un corrupto
empedernido, y a juzgar por su lenguaje, de tener muy poco apego a los libros,
que cualquier congresista. Y con galones para la alta traición. Tampoco es buen
alegato para apañar un cierre delictivo, el del Nobel. Detrás de este Golpe de
Estado, urdido desde mucho antes de que el de facto asumiera el encargo, se
encuentra un poder, el verdadero poder que ha decidido reinar con sus políticas
de valores y de género, con o sin Vizcarra, mejor con Julio Guzmán o del Solar,
hasta el final de los tiempos gramscianos.
