Juan Carlos Guerrero
Judas
Iscariote, el viajero del tiempo, quien ha vagado por todas las épocas
conocidas de la Historia, con diferentes nombres: El Judío Errante, Atila, Vlad
Dracul, etc., recala bajo la investidura del Conde Drácula en Cañete, a través
de la pluma de José Alejandro Dulanto Santini, y con el imperativo de poner fin
a su condena que sabe de siglos y de milenios de destierro, pero también sabe
que en San Vicente de Cañete se encuentra la pareja de vampiros que lo
rescatarán de la maldición impuesta.
El escritor José Alejandro Dulanto Santini ha
pergeñado un libro, uno de esos clásicos de la literatura que llegan para
quedarse, para existir por siempre, para certificar, de una vez por todas, la
posición de Cañete dentro del espacio literario nacional.
San Vicente de Cañete, una vez más, se convierte en
trasfondo de una narración. En el viejo cine Cañete, comienza el viaje
literario. De la mano del autor, el lector se trasportará, como en una película
interminable, por los diferentes vericuetos que encierra la novela. No es
casualidad que en el viejo cine empiece esta aventura. El personaje que nos
describe al San Vicente de Cañete de fines de los sesenta y comienzo de los
setenta del pasado siglo, no es otro que el autor en su niñez. Los
acontecimientos que en esas épocas ocurrieron, son detallados en la obra.
Tampoco es casual que la novela casi termine en el boulevard del pisco, el
nuevo centro de esparcimiento de los cañetanos y los turistas, como en antaño
lo eran el cine Cañete y el cine San Martin, con un Drácula como frecuente
bebedor de pisco, antes de ser redimido de sus pecados de vampiro.
Por ello, y por todo lo que encierra la novela,
José Alejandro Dulanto Santini nos acaba de entregar una de esas travesías
imprescindibles que la buena literatura está dispuesta a emprender.
