lunes, 11 de marzo de 2019

Drácula en Cañete



Juan Carlos Guerrero 

Judas Iscariote, el viajero del tiempo, quien ha vagado por todas las épocas conocidas de la Historia, con diferentes nombres: El Judío Errante, Atila, Vlad Dracul, etc., recala bajo la investidura del Conde Drácula en Cañete, a través de la pluma de José Alejandro Dulanto Santini, y con el imperativo de poner fin a su condena que sabe de siglos y de milenios de destierro, pero también sabe que en San Vicente de Cañete se encuentra la pareja de vampiros que lo rescatarán de la maldición impuesta.
El escritor José Alejandro Dulanto Santini ha pergeñado un libro, uno de esos clásicos de la literatura que llegan para quedarse, para existir por siempre, para certificar, de una vez por todas, la posición de Cañete dentro del espacio literario nacional.
San Vicente de Cañete, una vez más, se convierte en trasfondo de una narración. En el viejo cine Cañete, comienza el viaje literario. De la mano del autor, el lector se trasportará, como en una película interminable, por los diferentes vericuetos que encierra la novela. No es casualidad que en el viejo cine empiece esta aventura. El personaje que nos describe al San Vicente de Cañete de fines de los sesenta y comienzo de los setenta del pasado siglo, no es otro que el autor en su niñez. Los acontecimientos que en esas épocas ocurrieron, son detallados en la obra. Tampoco es casual que la novela casi termine en el boulevard del pisco, el nuevo centro de esparcimiento de los cañetanos y los turistas, como en antaño lo eran el cine Cañete y el cine San Martin, con un Drácula como frecuente bebedor de pisco, antes de ser redimido de sus pecados de vampiro.
Por ello, y por todo lo que encierra la novela, José Alejandro Dulanto Santini nos acaba de entregar una de esas travesías imprescindibles que la buena literatura está dispuesta a emprender.