viernes, 31 de enero de 2014

En favor de la buena literatura

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En favor de la buena literatura,  el escritor que se precie de serlo debe tratar, en lo posible, de desertar de los premios y los halagos, de las celebraciones gratuitas hacia un modelo de novelista o poeta, de los gestos rimbombantes hacia su persona. Aunque la vanidad del escritor rococó es harto conocida, él, alza el mentón siempre, así el mundo se esté inundando nunca se incomodará en hablar de los libros que están de moda, de las plumas de moda, e invariablemente de su refinado gusto literario. Cansa, también, el escritor “proletario”, el eterno militante de izquierdas, el típico escritor que mira la vida con solo un ojo. Lo esencial para escribir con equilibrio es mirar la vida con los dos ojos, no se me ocurre otra verdad; los que quieren dividir a los mortales entre buenos y malos, entre izquierdistas y derechistas no me parecen interesantes. De igual modo, aburren los escritores con almas de inquisidores y los que están predispuestos para la conspiración, incluso contra la humanidad misma. Ciertamente, que a  los trepadores sociales disfrazados de escritores debemos de ignorarlos.

Sin embargo, la sociedad misma debería agarrar un palo y tirarlo en el lomo de cualquier personaje que dice escribir, para que, en una de esas, nos otorgue una obra legible.

Que un perro muerda la pierna de alguien que aspira escribir: para que conozca de qué está hecho el dolor.Que los críticos escondan sus libros, o ya de plano, hablen mal de él y de sus libros. En fin, que todo sea calamidad alrededor de cualquiera que desea ser llamado escritor.Que nadie le reconozca nada, que en las conversaciones y los debates  nunca tenga la razón el ingenuo ese que pretende decir algo por medio de la escritura. Que las mujeres  se escondan en sus casas o cuelguen su amor en otro cordel cuando vean pasar al aprendiz de escritor.Que las drogas no le produzcan ningún efecto, que los borrachos se beban la botella de licor de la que pensaba beber el hombre devenido en escritor.  Que Cervantes, que Bukowski, que Ribeyro, que Cioran, que Borges sean sus banderas.

Un escritor debe de ser una especie de derviche  en medio del desierto de almas humanas, tal vez su verdadero oficio  sea  ejercer la difícil e inútil  tarea de hallar almas. El escritor, en mi opinión, debe ser un individuo políticamente incorrecto, sus palabras deben doler, deben ser como patadas de mula contra la fantasía de los mortales. La verdad duele, la verdad bien contada, más aún.